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Archive for the ‘romance histórico’ Category

ATRAPADA POR SU TOQUE

MEREDITH DURAN

Extracto capitulo 13

El expreso a Londres llevaba sólo unos pocos pasajeros a esta hora de la mañana. Un estudiante universitario con un mechón de cabello sobre la frente, observaba soñadoramente una carta cuyos márgenes estaban cubiertos con corazones. Una madre con una ruidosa niña, quien le dirigió a James una sonrisa mientras él pasaba. Un canoso profesor con el ceño fruncido ante la última traducción de Heródoto. Y, por último, la mujer en el banco de mohair verde frente a él. Ella no había pronunciado ni una palabra desde que se sentó. Abotonada hasta la garganta, con una mano apoyada sobre la pared para resistir el balanceo del coche, Lydia Boyce difícilmente parecía amistosa.

En otro momento, y con otro humor, él le habría hecho bromas por ello. Pero la buena voluntad lo estaba evitando. No había dormido más de una hora. Poco después del amanecer finalmente había abandonado la cama para dar un paseo. La había encontrado en el vestíbulo, dándole órdenes a un lacayo para que preparara el carruaje. Esa mujer, con quien había estado la noche anterior, cuyos muslos se habían estremecido bajo sus besos, pretendía marcharse sin despedirse. Eso lo enfureció.

“Escapando sin acompañante”, había dicho él con sarcasmo. “No sólo es algo cobarde, sino también temerario diría yo”.

Ella lo había observado durante un largo momento, frunciendo ligeramente las cejas, como si estuviera tratando de enfocarlo bien. Él se había preocupado.

“¿Extravió sus anteojos?”. La pregunta había sonado como una burla, pero sólo para ocultar una preocupación tan seria que parecía ridícula. Ella difícilmente podría tomar el tren sola si no podía ver bien. “No hagas esto”, había dicho James. “Quédate y háblame”.

Para su sorpresa, un rubor se había extendido a través de las mejillas de él. Ante eso, cerró la boca con más fuerza que una ostra. Estúpida charla de colegiales.

“Lo siento”, había dicho ella, pensativa. “Debo volver a la ciudad. Un asunto urgente, me temo. Hablaremos en otro momento, cuando tenga las ideas más claras”.

¿Así que ella escapaba y posponía la charla hasta que le conviniera?

“Hablaremos ahora. Estoy de acuerdo en que no estás pensando con claridad. No estás en condiciones para viajar sin acompañante”.

De la nada, ella había sonreído.

“¿Piensas en mí como una flor de invernadero? ¿Después de todo esto? Manejo los asuntos de mi padre, Sanburne. Me atrevo a decir que puedo tomar un tren sola también”. Y luego, con una fría inclinación de cabeza, se había girado y había salido de la casa.

Durante todo un minuto James había permanecido allí, observándola con la boca abierta. Ella se lo había advertido una vez: Poseo el talento para hacer una salida memorable. Pero él no la había escuchado. La opinión que tenía de ella era muy similar a un castillo de arena: se mantenía con la constante necesidad de una reparación. ¡Oh, vanidad! Independiente de los motivos que hubiera tenido para estar con él, ciertamente había supuesto que él era uno de éstos. Pero ante el sonido de la puerta al cerrarse, él comprendió una verdad que no se había molestado en considerar durante la noche. Aparte de unas horas de diversión y un escolta ocasional a través de los peores lugares de la ciudad, ella no quería nada de él.

La incredulidad lo impulso tras ella. Él era atractivo, rico y agradable. Heredero de un título y de una gran fortuna. Como resultado, las mujeres iban tras él con ambiciones concretas. Por consiguiente, la última vez que se había acostado con alguien que no deseaba nada más que su compañía había sido a los dieciséis años, con una mujer que tenía treinta, la aburrida viuda de un amigo de la familia. Un encantador interludio, sí, pero él repentinamente no estaba tan seguro de que sus ventajas aún  le resultaran interesantes.

Él la había seguido hasta la estación de trenes y había comprado un boleto de regreso a la ciudad.

La observaba ahora, sentada muy rígida frente a él. La lluvia era un débil y distante siseo bajo el fuerte golpeteo de las ruedas al pasar sobre los rieles de las vías. Le hacía sentirse reflexivo. ¿De qué tenía miedo? A ella le gustaba él más de lo que estaba dispuesta a admitir. Le gustaba lo suficiente como para tener relaciones con él. James sospechaba que le gustaba lo suficiente para soñar con él. Pero ella era mucho más honesta con él que consigo misma.

Al menos, parecía estar tan irritada como él lo estaba. Por debajo de la parte más alta del borde de su sombrero, ella dirigía su ceño fruncido hacia los húmedos campos que pasaban a través de la ventana. Incluso el pequeño pájaro que adornaba su sombrero parecía atrapado en algún complejo dilema; éste se sacudía como si estuviera a punto de revelar algo.

Quizá supiera lo que la afligía. Los comentarios de él la noche anterior la habían sorprendido; éstos habían alterado sus peores expectativas de él. Si él no fuera un infame seductor, sino un hombre con un genuino interés en ella, entonces su pequeña tentativa de jugar a la mujer licenciosa había fracasado. En resumen, ella había tenido relaciones con él por nada.

¡Dios!, era ridículo sentir esa sensación de… ¿dolor? Como un perrito al que han dado una patada, buscando un lugar tranquilo donde pensar y lamerse las heridas. Los placeres del sexo no garantizaban un sentimiento más profundo. Él debía saberlo mejor que ella. ¿Con cuántas mujeres se había acostado? Y ella había sido una virgen.

Sin embargo, parecía como si todo se hubiera confundido en su cabeza. Él podía decir el momento exacto en que había sucedido: había estado tratando de hablar de Stella, de esa maldita prisión en la que él vivía, del momento que él temía que vendría muy pronto, en el que se despertaría y descubriría que se había convertido en otra pieza más en el estúpido engranaje de la rutina social, tan desesperado como el resto. Y ella lo había besado, tan dulcemente. Como si ya conociera las palabras y quisiera evitarle el dolor de pronunciarlas. Aquel beso había tenido comprensión y compasión. O eso había pensado él.

 

De hecho, ella  había estado tratando de silenciarlo. No había querido confesiones. La intimidad no era su objetivo. Una pequeña risa se le escapo.

Soy un maldito idiota.

Descargar “Atrapada por su toque”, capitulo 13.

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EL DUQUE DE LAS SOMBRAS

MEREDITH DURAN

Emmaline Martin viaja a la India junto con su familia para reunirse con su prometido, el coronel Marcus Lindley. Durante la travesía el barco naufraga y sus padres mueren, por lo que Emmaline se convierte en una rica heredera dispuesta a integrarse discretamente en la sociedad británica hindú. Sin embargo, Emmaline descubre que Marcus le está siendo infiel, y a partir de ese momento busca la ayuda de Julian Sinclair, heredero del duque de Auburn, el hombre en quien menos debe confiar pero al que no puede resistirse.

En Londres brindan con champán por Sinclair. En la India lo tachan de traidor. Sin embargo, Julian nunca hubiera imaginado que hallaría su hogar entre los brazos de una mujer de sonrisa tímida y ojos atormentados. En un tiempo de terrible oscuridad, él y Emma descubrirán que el amor puede ser peligroso, y que una simple decisión puede cambiar una vida para siempre.

Extracto capitulo 1

No lo haré”.

 Su propia voz le sonó extraña. Afónica y grave. Había traga­do mucha agua de mar. Le ardían la garganta y la nariz como si se las hubiera frotado con lejía. Tosió débilmente. Más allá del bote volcado, las olas danzaban hasta el horizonte en una línea infinita.

 Suéltate.

 Flexionó los dedos. La sensibilidad iba y venía. Rojos y agrie­tados por el sol, llevaban horas aferrados a la quilla de la lancha del capitán. Había conseguido subir el torso encima. Durante un rato, un hombre se había sujetado al otro lado: un compañero superviviente, que había saltado de la proa del vapor justo antes de que éste se hundiera y que había pensado que sería capaz de darle la vuelta al bote cuando el mar por fin se calmara.

Al final, ni siquiera había tenido tiempo de gritar. Una ola los había cubierto, y ella había luchado por no soltarse; cuando salió a la superficie, él ya no estaba.

Demasiado silencio después de él. El agua le salpicaba la es­palda. Un pez chapoteó. No había pájaros que volaran tan mar adentro. El cielo era azul y vacío, ferozmente azul. Los ojos le picaban al mirarlo.

¿No podría dejarse ir ya?

 Tragó. Le dolían los brazos, y también el estómago, de toser sacando agua. Pero la sed era sin duda lo peor. La tormenta se había abatido de una forma tan repentina… Los mástiles que­brándose. Mamá gritando.

Ahora, su madre y su padre la esperaban en el fondo.

 El océano también esperaba. Se enfurruñaba lentamente bajo el sol tropical; deslizarse en su interior no sería tan difícil. El calor era como una mano ardiente que le apretaba la espalda empujándole hacia abajo. No quedaba ni rastro del gran barco; nadie que contemplara esas aguas planas y vacías hubiera sospechado lo que había ocurrido allí. Nadie vendría a buscarla.

Pero sus manos se negaban a soltarse.

 Se las miró. Mamá les tenía un cariño especial; manos de pia­nista, las llamaba. La trementina te las estropeará. Usa guantes cuando pintes, Emmaline. No te destroces las manos antes de tu boda.

 Qué extraña le resultaba esa idea a Emma, eso de casarse. Espero una gran aventura, le había dicho al capitán la última noche durante la cena. Más tarde, en sus camarotes, sus padres la habían reprendido. Iba a Delhi a casarse; no debía hablar de ese viaje de un modo tan banal. Su prometido era un hombre de cierta importancia. Debía comportarse de acuerdo con su nueva situación.

 Una lágrima le cayó sobre el brazo desnudo. Más caliente que el sol y más salada que el agua del mar, le escoció sobre la abrasa­da piel. Siempre esas mismas palabras amables. Eres obstinada, querida. Debemos guiarte en esto. Estabas llamando la atención; tus comentarios eran inapropiados. Amablemente, sus padres la reprendían. Con mucha paciencia trataban de reconducir a su rebelde e indecorosa hija…

 El hombre había dicho que se podía dar la vuelta al bote. Ha­bía pensado hacerlo él mismo. Si un hombre podía hacerlo, ¿lo conseguiría una mujer? Respiró hondo y se subió más al casco.

 Los brazos le temblaron y ardieron por el esfuerzo mientras acer­caba lentamente las manos hacia el otro lado… más lejos, más le­jos aún.

Pero la distancia hasta el otro extremo del bote era demasiada. Le fallaron las fuerzas, y con un gruñido, dejó resbalar las manos hacia atrás.

De vuelta a donde había empezado. Cerró los ojos.

Las lágrimas le caían más rápido, pero no se soltaba.

Descargar “El duque de las sombras”, capitulos 1 al 7.

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ATRAPADA POR SU TOQUE

MEREDITH DURAN

Extracto capitulo 12

No le permitió que la atrajera hacia adelante. La tormenta había accionado un impulso eléctrico que la movía a dar el paso de buena gana. Su chaqueta estaba fría y empapada. No le gustaba eso. Tenía que marcharse. Presiono sus manos por debajo de las solapas para esquivarlo. Golpeó el suelo con un ruido húmedo, fuerte, que le agrado. Su propia agresividad la complació. Estaba mareada, se sentía embriagada. Ella ciño sus bíceps tan fuerte que podía percibir lo impresionante que era, pero él no se quejo. ¿Le gustaba eso? Oh, a ella no le importaba. Esta inquietante, emocionante sensación que golpeaba a través de ella podría haber sido deseo, pero fácilmente podría ser ira. Lo único claro era que la había tenido mal, preocupándose por lo que revelaba de sí misma, de lo que él o cualquier otra persona podrían pensar de ella. No eran sus opiniones las que contaban. “No hago esto por ti”, dijo ella. “Lo hago por mí”.
Una breve vacilación. Y luego, en voz muy baja, él dijo, “Muy bien”.
Su boca se torció. Por supuesto que a él no le importaría. ¿Qué le importa si los motivos de ella eran egoístas? El hombre no podía ser herido, era inmune a la opinión de los demás. La opinión de ella no merecía más importancia que la de cualquier extraño que pasara. Por lo que él sabía, ella podría haberse acostado con cualquier hombre que la hubiera encontrado de manera casual esa noche. Ella estaba de buen ánimo, él estaba allí, era conveniente. Él no lo puso en duda. Y no debería importarle que él no demostrara preocupación.
Sus labios tocaron los de ella. Su calor la libero. Había estado fría sin darse cuenta. Se inclinó hacia él. Su lengua provocaba sus labios muy suavemente para su gusto. No era una niña asustada que necesitara atención. Comenzó a alejarse para hacer un comentario desagradable, pero el puño de él sujeto su cabello para mantenerla quieta. Ella jadeó mientras las alfileres que mantenían su cabello en su lugar caían libremente, tintineando sobre el piso. Su puño se tenso, sosteniéndola contra él mientras su beso se volvía apasionado. Sí, pensó ella, eso, él tomaba su boca como si lo hubiera hecho mil veces, como si no hubiera ya sitio para ningún miedo o incertidumbre, sólo el deseo de descubrir nuevos caminos, para generar algo que los sorprendería a los dos. Él siempre resultaba ser más inteligente de lo que ella se había imaginado.
Vagamente se dio cuenta que su mano libre estaba presionando su cintura, girándola como si fueran a bailar. Ella le había dicho la verdad: no le gustaba bailar. Los hombres suponían que una solterona buscaba emoción. Ellos la hacían girar exageradamente a través del piso. Una vez ella  se había caído, y, posteriormente, había declinado todas las invitaciones. La humillación hacía eco a través de ella ahora como una premonición. Se pondría en vergüenza, aquí. Cometería alguna equivocación.
Pero él no la besó como si pensara que era una solterona. Nunca lo había hecho. ¡Y dos veces con esta! ¡Incluso si se caía, no le importaba! Ella lo alentaría. Se retiro de sus brazos, sus pies se alejaron sin hacer ruido, ligeramente y con rapidez.  La lluvia, golpeteaba débilmente contra el techo, pero el aire dentro de este pequeño cobertizo se sentía saturado y pesado, cargado de expectativas. Había estado sorprendida, sentada a su lado en el museo, al darse cuenta de que le había estado coqueteando, pero sólo ahora, cuando ella había dejado atrás el coqueteo, se dio cuenta de su verdadera naturaleza. Era radiante, despreocupado y sin rumbo. Su retirada era demasiada deliberada para el coqueteo, el constante avance de él era demasiado absorto y en silencio. Ambos compartían un objetivo ahora, y lo perseguían con intenciones primarias. La expresión de él, en la penumbra, parecía seria, casi lúgubre. Ella no tenía ganas de sonreír mientras la pared tocaba sus omoplatos.
Las palmas de sus manos se ubicaron contra la pared, a ambos lados de la cabeza de ella. Por encima del hombro de él, la fila de ventanas inundaba de blanco la habitación, y el cielo más allá de ellos palidecía, revelando, durante un segundo, un banco de nubes en movimiento. Y luego la boca se dirigió a la suya. Ella buscó a tientas con una mano para encontrar la punta de su codo, dejando que llenara su palma como la lengua de él llenaba su boca. Su otra mano se curvo sobre la base de su cabeza. Fue inesperadamente suave, y una extraña ternura surgió en ella, bastante en desacuerdo con la fiereza de este beso.

Descargar “Atrapada por su toque””, capitulo 12.

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NUEVE REGLAS QUE DEBEN ROMPERSE CUANDO TIENES UN ROMANCE CON UN LIBERTINO

SARAH MACLEAN

Extracto capitulo 6

Callie había pensado que esta noche sería diferente.

Ella había esperado que la fiesta de compromiso de Mariana y Rivington fuera perfecta. Y lo fue, cada centímetro de la habitación había sido pulida hasta que brilló, los pisos y ventanas, las enormes arañas de cristal y los apliques de la pared que contenían miles de titilantes velas, las columnas de mármol que se alineaban en un tramo de la habitación, evidenciando la característica más impresionante de Allendale House, un corredor en el piso superior que permitía la visión del salón de baile, el cual les permitía a los invitados que tuvieran necesidad de un respiro, encontrar uno sin tener que abandonar el salón de baile.

Ella había esperado que Mariana brillara, y lo hizo, una brillante joya del brazo de Rivington, girando a través de docenas de otras parejas en una entusiasta danza folclórica. Y los demás invitados parecían estar de acuerdo con Callie, estaban encantados de estar allí, en el primer evento importante de la temporada, la fiesta de Mariana y su duque. La sociedad se encontraba en su mejor momento, vestidos con lo último de la moda, ansiosos de ver y ser vistos por aquellos con quienes no se habían encontrado mientras estaban fuera de Londres, durante los meses de invierno.

Callie había imaginado que este baile sería especial para ambas hermanas Allendale.

Sin embargo, aquí estaba sentada, en los asientos para solteras. Como de costumbre.

Ella debería estar acostumbrada a eso, por supuesto, acostumbrada a ser ignorada y pasar el tiempo con el resto de las mujeres que estaban fuera de circulación. A decir verdad, en los primeros años, lo había preferido así. Las mujeres la habían aceptado en su grupo, amablemente haciéndole sitio en cualquier asiento que fuera destinado para las de su tipo. Callie había encontrado mucho más agradable observar la temporada que se desarrollaba, mientras se intercambiaban chismes con las mujeres mayores que incómodas permanecían al otro lado de la habitación esperando con paciencia que un joven caballero elegible les solicitara un baile.

Después de dos temporadas de cazadores de fortuna y viudos de edad avanzada, Callie le había dado la bienvenida a la compañía de las solteronas.

Y luego, se convirtió en una de ellas.

Ni siquiera estaba muy segura de cuándo o cómo había sucedido, pero había ocurrido. Y ahora, ella tenía muy pocas opciones en la materia.

Pero esta noche era la fiesta de compromiso de Mariana. Esta noche era el primer baile de Calpurnia desde que había comenzado a tachar desafíos de su lista. Y honestamente había pensado que esta noche las cosas podrían ser diferentes. Después de todo, como la elección obvia para dama de honor de la novia, ¿no merecía un reconocimiento especial en un evento totalmente planificado para celebrar las nupcias pendientes?

Viendo a los bailarines, ella soltó un pequeño suspiro. Evidentemente no.

“Oh, Calpurnia”. La señorita Genoveva Hetherington, una solterona de mediana edad con ojos amables y una total falta de sensibilidad, le dio ligeramente unas palmaditas en la rodilla a Callie con una mano enguantada de encaje. “Debe moverse más allá de eso, mi querida. Algunos de nosotros no estamos hechos para bailar”.

“En realidad no”. Las palabras fueron arrancadas de Callie, quien aprovechó la oportunidad para ponerse de pie y excusarse a sí misma. Sin duda que ese sería un curso de acción más preferible que estrangular a una de las solteras más queridas de la alta sociedad.

Manteniendo la cabeza baja para limitar el número de personas que ella podría verse en la necesidad de reconocer, Callie se dirigió a la habitación destinada para las bebidas.

Fue interceptada por el Barón Oxford a sólo unos metros de su destino. “¡Mi señora!”

Callie esbozo una resplandeciente sonrisa en el rostro y se volvió hacia el barón, quien le dirigió la sonrisa más dentuda, que ella hubiera visto nunca. Incapaz evitarlo, ella dio un pequeño paso hacia atrás para distanciarse del sonriente hombre. “Barón Oxford. ¡Qué sorpresa!”.

“Sí, prefiero suponer que así es”. Su sonrisa no vacilo.

Hizo una pausa, esperando que él continuara. Cuando no lo hizo, ella dijo, “Estoy feliz de ver que pudo unirse a nosotros esta noche”.
“No tan feliz como yo por haber logrado estar con usted, mi señora”.

El énfasis en su expresión envió una ola de confusión a través de Callie. ¿El barón tenía la intención de que sus palabras sonaran tan sugerentes? Seguramente no, teniendo en cuenta que Callie no podía recordar la última vez que había hablado con el incorregible dandy. Se aclaró la garganta con delicadeza. “Bueno. Gracias”.

“Se ve muy hermosa esta noche”. Oxford se inclino, y amplió su sonrisa. ¿Era posible que el hombre tuviera más que el número habitual de dientes?

“Oh”. Tardíamente, Callie recordó inclinar la cabeza y parecer halagada en lugar de completamente desconcertada. “Gracias, mi señor”.

Oxford parecía totalmente orgulloso de sí mismo. “¿Quizás usted me haría el honor de un baile?”.  Cuando ella no respondió de inmediato, él levantó la mano de ella hasta sus labios y bajó la voz añadiendo. “He tenido la intención de pedírselo durante toda la noche”.

La interacción inesperada impido que Callie lo siguiera muy de cerca. ¿Estaría borracho?

A medida que consideraba la ansiosa invitación, Callie escucho la orquesta tocando las primeras notas de un vals e inmediatamente se resistió a la idea de bailar con Oxford. El vals no había llegado a Inglaterra hasta después de que Callie había sido etiquetada como una soltera, y ella nunca había tenido la oportunidad de bailarlo, al menos, no con alguien más que Benedick en la intimidad de su hogar. Ella ciertamente no quería que su primer vals en público fuera con Oxford, sonriendo como un tonto. Dirigió una rápida mirada hacia la habitación de las bebidas, considerándola su mejor vía de escape.

“Oh. Bueno. Yo…”, dijo ella evitando dar una respuesta directa.

“¡Calpurnia! ¡Allí está usted!”. La señorita Heloise Parkthwaite, de unos cincuenta años y muy corta de vista, salió de la nada para sujetar el brazo de Callie. “¡He estado buscándola por todas partes! Sea amable y escólteme para reparar mi dobladillo, ¿lo haría?”.

Una oleada de alivio recorrió a Callie, ella fue salvada. “Por supuesto, Heloise, querida”, dijo. Apartando su mano de las garras de Oxford, le ofreció una arrepentida sonrisa en su dirección. “¿Tal vez en otra ocasión, mi señor?”

Descargar “Nueve reglas que deben romperse para tener un romance con un libertino”, capitulo 6.

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PECADO Y RENDICION

JULIA LATHAM

Extracto capitulo 3

A la mañana siguiente, Juliana fue enviada para que trajese a Paul a casa de la Liga. Ella montó su caballo a través de Ludgate, la antigua puerta occidental de la ciudad, y por la calle Fleet, hasta que ésta dio paso a Strand, siguiendo el  Támesis. Encajonadas casas dieron paso a palacios a lo largo del camino de Westminster, cada uno con su propio acceso al río.

Dejó su caballo para caminar, sin sentir gran urgencia. Aún era temprano, y el intenso tráfico de caballos y carruajes, gente y los carros se oían más allá de donde ella se encontraba, en dirección opuesta a la entrada de la ciudad, sin salir de ésta.

Este era su último día como ella misma. Con el cabello apartado de la cara, vestida con una simple túnica con cinturón, pantalones y un sombrero de hombre, no atraía la atención. La mayoría pensaría que ella era sólo algún muchacho cumpliendo los encargos de su amo. Le gustaba darle a la gente una impresión diferente de sí misma, una habilidad que había aprendido muy bien en su educación, si la expresión de Paul el día anterior era alguna prueba.

En un primer momento había estado feliz por haberlo dejado momentáneamente sin habla. Los otros hombres se habían quedado mudos también, y a ella eso no le había gustado tanto. Había pasado los últimos años convenciéndolos  a todos que era una de ellos, una talentosa recluta, más un Bladesman que una Bladeswoman. Nadie había insistido alguna vez en que ocultara su sexo, simplemente ella había sentido que podría realizar su trabajo con más eficacia cuando pasaba inadvertida. Ella había sido entrenada para ser una mujer, incluso sexualmente bien informada, pero rara vez se sentía como tal. Sólo una parte de ella actuaba, no la verdadera Juliana.

Por supuesto que se había vestido de mujer en misiones anteriores, pero nada tan abiertamente carnal y sensual. Se había sentido incómoda por inspirar la lujuria de los hombres, aunque ella no había demostrado esa revelación a sus compañeros Bladesmen. No tenía necesidad de preguntar lo que pensaban de ella. Su dedicación era entendida. Tomaría esta nueva etapa con calma, actuando y pretendiendo ser una cosa en la superficie, y siendo ella misma por debajo.

Al fin llego a Keswick House, la casa del hermano de Paul, el conde. Altas paredes rodeaban el patio, pero por dentro era un palacio de ventanas incrustadas en las antiguas murallas. Ella conocía la verdadera belleza de la casa que se encontraba frente al Támesis, en la calle principal de Londres.

Un criado le señalo el hall de entrada, con sus paneles oscuros y el escudo de armas de Keswick. Ella esperaba ser conducida de inmediato donde Paul, pero en lugar de eso, la acompaño a una retirada habitación amueblada con una mesa grande y suficientes sillas para acomodar a treinta personas. Ella no creía que el sirviente se hubiera percatado de que la habitación estaba ocupada. Juliana permaneció con torpeza en la puerta y esperó. Dos mujeres permanecían junto a uno de los armarios, sacando un plato dorado. Ambas eran de estatura mucho más baja que Juliana. Una tenía el pelo castaño, y caminaba de manera vacilante cuando avanzo detrás de la otra por otro plato. El cabello de la segunda mujer era una masa de rizos rojizos en el calor de agosto, y las pecas que cubrían su rostro.

La observaron y vacilaron. Juliana se preguntó por qué había sido acompañada a una habitación donde las sirvientas estaban ocupadas trabajando, pero ella no hizo preguntas.

Deben de haber pensado que ella no podía oírlas, porque una murmuró a la otra, “Paul estaba seguro de que iban a enviar a una mujer a buscarlo”

“Dijo que estaba esperando eso”.

Estas mujeres lo llamaban por su nombre de pila, no podían ser sirvientas.

Se quito el sombrero de su cabeza y dio un paso adelante. “Mi señora, yo soy la señora Juliana, vengo por Sir Paul, como él supuso”.

Ellas se quedaron inmóviles, una plato a medio paso entre ellas. A continuación, la mujer de cabello castaño se rió, mientras dejaba los platos y se limpiaba las manos en un delantal. Fue entonces cuando Juliana se dio cuenta de la ligera curva de su embarazo.

“Señora Juliana, perdóneme. Su aspecto me engañó”.

“A menudo es así”, dijo Juliana con tristeza.

“Soy Lady Keswick, pero me llaman Florrie. Te llamare por tu nombre de pila también”

Sorprendida de haber sido tan grosera con la condesa, Juliana se inclino en una reverencia que habría hecho sentirse orgullosa a su madre. “Mi señora, perdone mi descortesía”.  Ella sabía que Lady Keswick era de noble cuna, la hija de un marqués.

Lady Keswick extendió sus manos y se dirigió hacia ella. “Dios mío, Juliana, no te preocupes. Parece que todas nos malinterpretamos unas a otras. Permítame presentarle a mi nueva cuñada, la señora Sarah Hilliard”.

La mujer pelirroja sonrió y miró abiertamente a Juliana de arriba a abajo. “Entonces usted es la dama que Paul menciono”

Juliana echó un vistazo a sus prendas. “Puede parecer difícil de creer en este momento, pero sí, es cierto”

“Felicidades por ser un miembro de la Liga”, dijo Lady Keswick, su voz llena de admiración.

La sonrisa de Juliana se desvaneció rápidamente. ¿Ellas sabían?

“¡Dios mío, usted sabe que no debemos hablar estas cosas en voz alta”, murmuró la señora Hilliard, dándole un codazo a su señoría.

“Pero…” Juliana comenzó de manera vacilante, “su marido nunca debería haber…”. Luego se interrumpió, dándose cuenta de que estaba hablando de un conde.

Descargar “Pecado y rendición”, capitulo 3.



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EN LA CAMA DEL GUERRERO

MARY WINE

Extracto capitulo 4

Bajo llave.

Bronwyn sentía que se le secaba la boca mientras reflexionaba sobre los hombres que la vigilaban. Era tan extraña la manera en que se fijaba en ellos. Ella nunca había tenido una ardiente necesidad de viajar o escapar de sus familiares, pero al ver a los fornidos criados que la mantenían encerrada en la casa de su padre en la ciudad, anhelo profundamente aquella opción.

Con un suspiro, camino alrededor del comedor en el primer piso. Estaba inquieta, tanto así que casi estaba ansiosa. No había motivo para sus sentimientos pero ella no podía dejarlos de lado. El sueño se sentía como un tormento que era mejor evitar el mayor tiempo posible, pero se retiró a su pequeña habitación para escapar de sus hermanos.

Sus miradas le recordaban a los hambrientos roedores.

Pero la habitación era demasiado pequeña para moverse alrededor de ésta. Ella ni siquiera podía avanzar ocho pasos antes de llegar a la pared y tener que dar la vuelta. La ventana estaba abierta para permitir que el aire fresco entrara en la casa durante el día. Las chimeneas, utilizadas durante la noche para calentar los dormitorios más grandes, dejaba una espesa niebla de humo en los pasillos que el personal tenía que limpiar cada mañana. Cada ventana se abría para facilitar que la brisa recorriera la casa.

Un gran chapoteo desde alguna parte bajo la ventana llamó su atención. Alzándose  sobre los pies ella miró hacia la parte trasera de la casa. El agua brillaba bajo la luz de la antorcha. Dos antorchas en soportes de hierro estaban colocadas a cada lado de la puerta de la cocina. En lugar de una escalera, había una rampa que conducía a la puerta de atrás. Era más práctico para permitir la entrada de las carretillas que traían pesados barriles. La rampa también hacía más simple el botar el agua utilizada para bañarse fuera de la cocina para que fluyera por el sumidero. Había un grueso muro que rodeaba la puerta de atrás para aumentar la seguridad de la casa. Una puerta de madera colocada en éste tenía una sólida barra de madera atravesada. El parpadeo de las antorchas se reflejaba en la campana colgada en la puerta. Había un cordel que traspasaba la puerta hacia el callejón detrás de la casa. Los comerciantes podrían hacerla sonar cuando querían traer sus productos a la cocina. Sólo el amo y sus invitados utilizaban la puerta principal. No había ningún criado en la puerta de la cocina porque  la puerta se encontraba bloqueada.

Un baño sonaba bien. Bronwyn suspiró. Por lo menos sería mucho mejor que tratar de dormir.

Cullen estaría esperándola en sus sueños…

Un estremecimiento la sacudió. Sintió el calor que se deslizaba a través de la delicada piel de su rostro en otro rubor. Era absurdo, la forma en que su cuerpo respondía a él cuando no estaba ni siquiera cerca. Con un bufido de disgusto tomo su cepillo para el cabello y comenzó a deshacer el lazo al final de su trenza. Necesitaba relajar su mente para olvidar al hombre. Los guardias que la custodiaban le dieron toda la información que necesitaba. Su padre iba a tenerla viviendo bajo su techo hasta que ella muriera. Red Stone se encontraba en el corazón del territorio McQuade. Las paredes nunca habían sido sitiadas mucho menos vulneradas.

La tristeza se apoderó de ella mientras se cepillaba el cabello suelto. Éste cayó a su alrededor en una suave nube de seda color miel. Mientras deslizaba sus dedos por una parte de éste, dos lágrimas escaparon de sus ojos. Ningún novio jamás la vería con el cabello suelto. De alguna manera, el saber que era un hecho innegable, la lastimaba. Quizás había estado guardando en secreto algo de esperanza de que ella de hecho pudiera casarse, pero ahora eso se había ido. Eliminada esa posibilidad por la poderosa mano de su propio padre. Y había muchachas que lamentaban el hecho de no haber nacido como las hijas de un laird.

Lo que será…será.

Descargar “En la cama del guerrero”, capitulo 4.

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CORAZON SALVAJE

LORI BRIGHTON

Extracto capitulo 20

El chasquido del metal se abrió paso en su mente confusa, y Leo se despertó con un sobresalto. Acurrucada a su lado, cálida y suave, Ella dormía, inconsciente. Poco a poco, él volvió la cabeza hacia la puerta. Una mujer baja, redonda permanecía allí con una pistola apuntándoles directamente. El instinto irrumpió a través de su cuerpo, la necesidad de atacar, de proteger avanzo rápidamente a través de él.
“¿Me gustaría que vosotros me explicara por qué estáis durmiendo en las sábanas limpias de mi amo?”,  gruñó la mujer.
Ella parpadeó abriendo sus ojos, de espaldas a la mujer, y sin tenía idea de lo que había sucedido. “Leo, ¿qué ocurre?”.
Él pasó el brazo por su espalda y sostuvo su cabeza con la mano. Si la mujer apretaba el gatillo, él tendría sólo una fracción de segundos para arrojar su cuerpo sobre el de Ella.
Leo ignoró su pregunta y se centró en la mujer con el arma. “Tranquila, amor”.
La mujer frunció sus espesas cejas grises. “Nada de amor mío. Recién lave las sábanas. Mi amo llegara esta víspera, y ahora voy a tener que lavarlas de nuevo”
Leo se relajo. La mujer no era ninguna una amenaza, más que una ama de casa enojada por tener demasiado trabajo.
Ella, en cambio, palideció. “Dime que acabo de imaginar esa voz”.

Él sonrió. “No temas”.
Ella miró por encima del hombro. “Oh, mi Señor”, susurró. Su rostro enrojeció, y se enterró en el cuerpo de Leo.
“Ahora, sin moverse. Mantengan sus manos donde  yo pueda verlas”.
Ella alzo los brazos en el aire, y Leo hizo girar los ojos. Impulsándose, él observo deliberadamente a la mujer. “¿Le importaría darse la vuelta para que yo pueda vestirme?”
“Oh, no, vosotros no. Usted no tiene nada que yo no haya visto antes”.
Leo suspiró mientras se ponía de pie.
El ama de llaves sonrió y lo miró de arriba abajo. “Puede apartar la mirada sólo por esa pequeña demostración”.  La sonrisa de la mujer se desvaneció antes de que Leo tuviera tiempo de reaccionar a su declaración. “Ahora, explique por qué ustedes están aquí”.
Él alcanzo su ropa y se vistió. “Mi abuelo es Lord Roberts, el conde de Blackhorn”.
Los ojos de la mujer se entrecerraron. “¿Y?”
“Y fuimos atacados en el camino la víspera pasada. Nuestros caballos están en sus establos”.
La mujer levanto la barbilla con arrogante frialdad. “Ya los vi”.
Leo abrocho los botones de la parte delantera de su camisa, luego dio un paso hacia ella. La mujer levanto rápidamente la pistola en posición vertical. Despacio, él le tendió la mano. “Para usted. Diez libras. Es todo lo que tengo”.
La mujer tomo las monedas de la palma de su mano y las metió en el bolsillo de su delantal. “Yo estaría feliz al avisarle al alguacil”.
“Espere hasta el mediodía”.
La mujer se encogió de hombros y avanzo arrastrando los pies hasta la puerta. “No me importa de cualquier manera. Es un acuerdo entonces”. Sin una palabra más, salió de la habitación.
Cuando se cerró la puerta, Ella dejó escapar una profunda respiración y corrió con la sábana aferrada a su pecho. El cabello le caía en ondas de color oro-marrón por la espalda, el rostro sonrojado. No se molestó en observar los movimientos de él mientras ella se colocaba la camisa por encima de su cuerpo desnudo. A pesar de que ella se encontraba lejos en la amplia habitación, él la sentía igual. Estaba al tanto de cada movimiento que hacía, de cada respiración que tomaba, su olor invadía el aire y endurecía su cuerpo. Querido Dios, en lugar de aliviar el dolor, tomarla la noche anterior sólo había aumentado su angustiante necesidad por la mujer.
Con pasos rápidos, decididos, él cruzó la habitación. “Ella”, dijo en voz baja.
Ella hizo una pausa, su cuerpo rígido, pero no lo miró.

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