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Archive for the ‘novela romantica contemporanea’ Category

CONSPIRACION

DELORES FOSSEN


Después de sufrir un secuestro y una inseminación artificial contra su voluntad, Jessie Barrett sabía que su vida corría peligro y que el único que podría darle respuestas era Jake McClendon, el padre biológico del hijo que estaba esperando.

En medio de aquella investigación clandestina para averiguar las razones de su secuestro, Jessie comenzó a sentirse irremediablemente atraída por aquel sexy ranchero. Sabía que debía mantener las distancias para protegerse, pero lo que más deseaba era besarlo hasta perder el conocimiento. Y cuando Jake sugirió que se hicieran pasar por marido y mujer para poder protegerla, las fuerzas de Jessie comenzaron a flaquear. ¿Cómo conseguiría no enamorarse del padre de su hijo?

Extracto capitulo 1

Jessie lo esperaba oculta entre las sombras. Por el momento, Jake McClendon probablemente la daría por muerta. No la estaría esperando. De modo que se llevaría una buena sorpresa. No solamente seguía con vida, sino que estaba allí, armada con una pistola, en su pro­pia habitación del hotel. Nada la detendría.

Vio que alguien giraba el pomo de la puerta y oyó unas voces al otro lado, en el pasillo. Así que no estaba sola… Mientras se escondía detrás de los pesados cortinajes de brocado, maldijo para sus adentros. ¿Acaso nada podía salirle nunca bien? Aunque todavía podría verlo en el espejo que colgaba encima de la chimenea, no tendría más remedio que esperar a que la otra persona se mar­chara. No convenía involucrar a nadie más en el asunto.

Conteniendo el aliento, apoyó la espalda contra el frío cristal de la puerta del balcón. Estaba terriblemente nerviosa y fatigada. Llevaba horas luchando contra los efectos del agotamiento físico y mental. ¿O habían sido días? Ni siquiera sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que logró escaparse de aquel almacén. Como tam­poco tenía la menor idea de la duración de su cautive­rio. Lo único que sabía era que la persona responsable del mismo estaba a punto de entrar por aquella puerta. Y que tendría que responder por lo que le había hecho.

“Ofenderlo no ha sido nada inteligente”, pronun­ció un hombre al tiempo que abría la puerta. “Lo ne­cesitas. Necesitas su influencia”.

Enfocando la mirada en el espejo, Jessie distinguió su pelo rubio. Definitivamente, aquel no era Jake McClendon. Las fotografías de McClendon solían aparecer en todos los periódicos locales. El chico de oro de Te­xas, flamante candidato a las próximas elecciones legis­lativas, nunca andaba falto de publicidad.

MacClendon fue el siguiente en entrar.

“Puedo hacerlo sin su influencia”, ya se había qui­tado la chaqueta del esmoquin y se estaba aflojando la pajarita con gestos bruscos.

Jessie entrecerró los ojos. Por fin. Por fin estaba en la misma habitación del hombre que había querido asesinarla.

“Te equivocas”, repuso el rubio. Jessie también lo había reconocido por las fotos, se llamaba Douglas Harland y estaba casado con la hermana de McClendon. “Necesitas a Emmett”.

“¿Y a su mujer también?”, McClendon lanzó la chaqueta sobre el sofá y se pasó una mano por su cabe­llo corto, de color castaño. “En su opinión, el hecho de que haya contribuido económicamente a mi campa­ña me obliga a acostarme con ella”.

“¿Y? Considéralo un servicio a la causa. Desde el principio ya sabías que en esta campaña habría cosas que no te gustarían”.

“No me gusta nada de todo esto”, se desabrochó los botones superiores de la camisa. “Quiero ser con­gresista por Texas y punto. Sin que tenga que acostarme a la fuerza con nadie”.

Se acercó a la chimenea, justo debajo del espejo, de manera que Jessie pudo distinguir bien su rostro. Un rostro que no reflejaba en absoluto la maldad que ani­daba en su alma. Tez intensamente bronceada. Pómulos salientes, probable legado de su abuela comanche, un detalle que la prensa comentaba a menudo. Cejas en forma de ángulo, como dando un ceño natural a su ex­presión. Boca dura, pero no severa. Bajo cualquier otra circunstancia, le habría parecido un hombre atractivo, incluso guapo. Pero ese no era el caso. MacClendon era su enemigo, en el sentido más amplio de la palabra.

Era más alto de lo que había esperado. Cerca de uno noventa. Esbelto. Un verdadero lobo con piel de cordero.

“Pues tendrás que aceptarlo”, insistió Douglas con un cierto dejo divertido. “Debido a tu condición de viudo, las mujeres suspiran por curar tus heridas”,  se interrumpió para mirar su reloj. “Tenemos que vol­ver antes de que nos exrañen”.

Parecía como si McClendon fuese a contestar, pero de repente se quedó inmóvil. Absolutamente inmóvil. Y, para horror y sorpresa de Jessie, clavó directamente la mirada en el espejo. Intentó no mover un solo músculo, aunque sabía que era muy probable que la hubiera descubierto.

“Adelántate tú”, pronunció al fin. “Yo bajaré aho­ra. Necesito hacer unas cuantas llamadas”.

Jessie se permitió soltar un suspiro de alivio. Así que, después de todo, no la había visto.

Nada más despedir a Douglas Harland, MacClendon se dirigió al mueble de las bebidas y se sirvió una copa. Se la bebió de un solo trago. Acto seguido, volviéndose hacia la cortina detrás de la que se ocultaba Jessie, inquirió,

“¿Le importaría decirme qué diablos está usted ha­ciendo ahí?”.

No tuvo más remedio que salir, apuntándolo con su pistola. Tragó saliva, nerviosa.

“¿Cómo me ha descubierto?”

“Cuestión de suerte”, repuso con tono sardóni­co. “¿Qué piensa hacer con esa pistola?”.

“Es como una garantía. La garantía de que tendrá que escuchar todo lo que tengo que decirle”.

“Bueno, pues dígalo ya. Y luego salga de aquí an­tes de que mi cuñado vuelva a buscarme”.

Jessie no había pensado en eso. Debería haber pre­visto todas las eventualidades. Una vez más, maldijo su propio aturdimiento.

“Quiero respuestas”, de repente se vio asaltada por una sensación de mareo.

Efecto de la fatiga, quizá. Y quizá también de algo más…

“Yo también. Tengo derecho, ya que me está apun­tando con un arma. Para empezar, ¿la conozco acaso de algo?”

“Tengo razones para pensar que sí”.

“Quiere dinero, ¿es eso, verdad?”.

Jessie soltó una exclamación sarcástica, casi una car­cajada.

“El dinero no resolvería nada. ¿Por qué les ordenó que me persiguieran así? ¿Por qué yo?”.

“¿Que yo hice que la…? Señorita, no sé de qué me está hablando. Yo nunca la había visto antes”.

“No tenía necesidad de verme para ordenarles a ellos que me secuestraran y me encerraran en aquel almacén”.

“¿Ellos?”,  él se apoyó en el mueble de las bebidas, cruzando los brazos sobre el pecho. “¿A quiénes se re­fiere exactamente?”.

“Yo no lo sé, pero dispone usted de cinco segun­dos para empezar a explicármelo antes de que llame a la policía”.

Para tratarse de un hombre al que le estaban apuntan­do con un arma, no parecía en absoluto sentirse amena­zado o nervioso. Jessie, en cambio, estaba temblando.

“Hable de una vez. ¿Por qué?”.

“¿Por qué qué?”

Jessie soltó un gemido de frustración.

“¿Por qué yo? ¿Por qué tuvieron que hacerme todo eso a mí? ¿Por qué les ordenó que me hicieran esas cosas?”.

“Si se mostrara algo más explícita sobre lo que afir­ma que le hicieron esos tipos, quizá pudiera ayudarla en algo…”.

“¿Por qué les ordenó que me asesinaran y que me hi­cieran… todo lo demás?”,  sacudió la cabeza, asqueada.

“Espere, espere un poco… ¿quién quiere asesinarla?”.

“¡Usted!”.

“Yo no. ¿Quién?”.

“Usted los contrató. Tres hombres y una mujer. No llegué a ver sus caras, pero me durmieron con clorofor­mo y me llevaron a aquel almacén. Allí me tuvieron en­cerrada durante… por cierto, ¿en qué fecha estamos?”.

“Dieciséis de julio”.

“¿Julio?”, ¿cómo era posible? Se llevó una mano a la sien. El labio inferior había empezado a temblarle. Ha­bía visto la fecha en el periódico, por supuesto, pero hasta ese instante no había tomado conciencia de ello. De repente todo resultó mucho más claro. “Me tuvie­ron secuestrada durante tres meses. Desde abril”.

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BELOVED

SERIE HOMBRES DE TEXAS N°19

DIANA PALMER

Había renunciado a las mujeres. Pero, como todos los hombres, tenía una debilidad, y la suya era Tira Beck. Siempre la había considerado una superficial y veleidosa mujer de la alta sociedad, hasta enterarse de que Tira, secretamente, había estado reservando su amor para él. En contra de su propia voluntad, Simon se vio hechizado por ella. No obstante, sabía que aquella maravillosa mujer no iba a rendirse a sus pies… a menos que fuera para toda la vida.

Extracto capitulo 1

Simón Hart estaba sentado solo en la segunda fila, reservada para los miembros de la familia. No estaba emparentado con John Beck, pero eran amigos íntimos desde la universidad. John había sido su único amigo de verdad y ahora estaba muerto. Y allí estaba ella, como un ángel moreno cubierta con un velo negro fingiendo llorar la muerte de un esposo al que había rechazado al mes de casarse.

Simón cruzó sus largas piernas, cambiando de postura en el incómodo banco. Le dolía la parta donde su brazo terminaba, debajo del codo. Lle­vaba la manga subida y sujeta con un imperdible porque no soportaba la prótesis que disimulaba su mutilación. Era guapo incluso faltándole un brazo, con espesos cabellos negros ondulados y ojos grises muy claros. Era alto y bien formado, toda energía y dinamismo. Había sido fiscal gene­ral del estado de Texas y un reconocido abogado a nivel nacional, además de ser uno de los propieta­rios del rancho Hart, que valía millones de dóla­res. Él y sus hermanos eran tan conocidos en los círculos ganaderos como Simón en el mundo de la jurisprudencia. Era sumamente rico, pero el di­nero no podía remediar su soledad. Su esposa ha­bía muerto en el mismo accidente que a él le ha­bía costado el brazo y que ocurrió justo después del matrimonio de Tira con John Beck.

Tira lo había cuidado en el hospital, lo que ha­bía desencadenado las habladurías; incluso se le llegó a considerar la causa del divorcio. Una estupidez, porque no quería tener nada que ver con Tira. Tan solo una semana después del divorcio se la veía por todas partes con Charles Percy, un playboy. Percy le gustaba tan poco como Tira. Era raro que Percy no estuviera en el funeral, quizá tuviera un mínimo de decencia.

Simón se preguntó si Tira se daba cuenta de la opinión que tenía de ella. Por supuesto, debía mostrarse amable con ella en público, pero la des­preciaba por lo que le había hecho a John. Tira era una mujer egoísta y sin sentimientos; de no ser así, ¿habría dejado a John al mes de haberse ca­sado? ¿Y le habría permitido ir solo a esa peligrosa plataforma petrolífera en el Atlántico Norte donde esperaba olvidarla? John había muerto allí esa semana en un trágico accidente, ahogado en las gélidas aguas.

Simón no podía evitar pensar que John quería morir. Las cartas que había recibido de su amigo estaban llenas de desconsuelo, soledad, aisla­miento, falta de amor y felicidad.

La miró y se preguntó cómo podía el padre de John soportar estar sentado así junto a ella, to­mándole la mano como si la estuviera consolando por la pérdida de su propio hijo, su único hijo. De­bía estar haciéndolo para evitar las habladurías, con­cluyó Simón con enfado.

Miró al ataúd y parpadeó. Era el final de una época para él. Primero había perdido a Melia, su esposa, y también había perdido su brazo; y ahora había perdido a John. Era rico y tenía éxito, pero no tenía a nadie con quien compartirlo. Se preguntó si Tira se sentía culpable por lo que le había hecho a John. No creía que fuera así. Era una mu­jer exuberante, vital, extrovertida y veleidosa. Ha­cía tiempo que se había fijado en ella, por lo que se odiaba a sí mismo. Tira era alta, hermosa, con un precioso cabello rojizo dorado que le llegaba hasta la cintura, ojos verdes claros y una figura de revista de modas. Podía haber sido modelo, pero era sorprendentemente tímida para ser una mujer tan bonita.

Simón ya estaba casado cuando la conoció, y a él se debía que John la invitara a salir la primera vez. A Simón le habían parecido compatibles, los dos eran ricos y agradables. Y el matrimonio le pa­reció una idea maravillosa, hasta que llegó el di­vorcio. Simón nunca habría admitido que prácti­camente arrojó a Tira en brazos de John y viceversa, quizá para evitar la tentación. Se decía a sí mismo que Tira representaba todo lo que odiaba en una mujer, pero no podía evitar dese­arla cada vez que la veía, y no era algo exclusiva­mente físico.

Cuando el funeral termino, Tira salió tomada del brazo del padre de John. El hombre de avan­zada edad saludó a Simón. Tira no lo miró, estaba llorando.

Simón no miró en dirección a ella cuando se metió en su limusina para ir a la oficina. No iba a ir al entierro, no podía soportar ni un minuto más la actuación teatral de Tira.

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WATER BOUND

CHRISTINE FEEHAN

Extracto capitulo 4

Sus hermanas llegarían pronto a casa. Rikki caminaba de ida y vuelta en el porche delantero. ¿Cuánto duraba una última recepción de todos modos? ¿Iban a estar bailando toda la noche? Se frotó el picor de su palma en su  muslo y luego apretó su mano con fuerza contra su vientre. ¿Qué diablos la había poseído para traer a alguien instalarlo en su casa? Ella debió haber estado loca. Nadie se quedaba en su casa. Ella no podía permanecer en el interior con él allí. Ahora tenía que sentarse afuera y desear tener una taza de café. No iba a ir al interior para algo tampoco.
Metió la uña del pulgar en la boca y la mastico. ¿Qué pasaba si ella necesitaba algo? ¿Qué si él roncaba? En su cama. Maldición. Las repercusiones de su estúpida decisión adormecían su mente.
Él era un completo desconocido y muy probablemente un maníaco homicida, a juzgar por sus armas y sus reflejos. Ella caminaba de un lado a otro, resoplando y mascullando maldiciones y amenazas hacia él en voz baja.
No era ni siquiera seguro tenerlo en su casa. Si Blythe y las demás tenían razón y ella no era una sociópata, entonces alguien estaba tratando de asesinarla  y a cualquier persona que pudiera vivir con ella. O, odiaba a la gente cerca de ella tanto que trataba de matarlos quemándolos vivos y, luego no lo recordaba. De cualquier manera, no era un buen escenario.
Se dio la vuelta y miró hacia la puerta airadamente. No podía entrar en su propia casa. Un hombre. Un hombre con una muy grande… Ella hundió la cara entre las manos. ¿Por qué tenía que pensar en esa parte de su anatomía? Ella debería estar pensando en lo loco que él estaba, en todas sus cicatrices y cómo las consiguió, o en sus armas y lo que significaba todo aquello.
Había pensado en él desnudo mientras ella se duchaba y se lavaba el cabello. Su cuerpo realmente había reaccionado a la vista de él. Ella había sentido que comenzaba a ruborizarse en alguna parte de su barriga y avanzando hasta el cuello. Atisbos de la sensación se deslizaron por su espalda y un hormigueo en los muslos. Su vientre pulsaba por la necesidad. Su agua querida, en lugar de envolverla como una manta y reconfortarla, se había sentido sensual sobre su piel.
Meticulosamente había limpiado su traje de neopreno y lo colgó, fregó su cuarto de baño y lavo la ducha después de utilizarla, y luego coloco la ropa en la secadora. Ella iba y venía en su habitación, mientras las paredes se acercaban más y más,  sus pulmones no podían conseguir suficiente aire. Para escapar del conocimiento de él desnudo en su cama, ella huyó de su propia casa con desesperación.
Presiono la palma de su mano contra su frente. ¿Qué demonios había estado pensando al llevarlo a su casa? Nadie entraba en su casa, simplemente no lo hacían. Bueno, Blythe lo hacía, para conseguir su café, pero ellas siempre, siempre, lo bebían en el porche. Ella nunca se arriesgaba.
No con las mujeres que habían creído en ella, que le ofrecieron una familia, quienes la querían, a pesar de todos sus defectos.
Se mordió la uña del pulgar. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no llegaban a casa? Blythe tenía que venir a casa y salvarla de su propia estupidez. Ella necesitaba que él saliera de su casa ahora. El paseo de un lado a otro duró horas. Se dio cuenta que tarde o temprano tendría que ir a verlo. No había nadie más que ella. Si tuviera suerte, él ya estaría muerto y entonces no tendría que encontrar la manera de sacarlo.

Quizás ella simplemente tuviera que arrojarlo de nuevo al mar.
Sintiéndose un poco eufórica con el pensamiento, se cuadró de hombros, echó una larga mirada alrededor y se armó de valor para volver a entrar. En el momento en que ella entró en la casa, sintió su presencia.
Él parecía llenar todas las habitaciones. La casa olía al aceite de Lexi, el suave perfume a almendras y a limón. Rikki se frotó el puente de la nariz, y después de un momento de indecisión desecho las gafas de sol. La casa estaba oscura y él probablemente estaba dormido. Ella sabía que llevaba las gafas tanto como
armadura como lo hacía para evitar que otros se sintieran incómodos con su mirada directa. La forma en que él la observaba a los ojos…
Ella dejo salir su respiración y se movió tan silenciosamente cómo fue posible hacia la puerta de su dormitorio.

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PROMESAS EN LA OSCURIDAD

STEPHANIE TYLER

Extracto capitulo 5

Hace cuatro horas, Vivi había despertado para encontrarse a sí misma boca abajo sobre el regazo de su secuestrador, lo cual era bastante vergonzoso. Desde entonces, ella había sido conducida a esta habitación gris con un espejo de dos vías, con duras sillas y el hombre de apariencia aún más dura que se encontraba sentado frente a ella.
Él no era uno de los tres hombres del vehículo. Curiosamente, nadie ocultaba el rostro de ella, lo que la aliviaba un poco.
A no ser, desde luego, que a ellos no le importaba que los viera porque planearan asesinarla. Lo cual era algo sobre lo que se estaba esforzándose por no pensar.
Este hombre frío que estaba sentado frente a ella vestía todo de negro, fácilmente podría ser militar. O no.
La cosa era, que ella había estado respondiendo a todas sus preguntas, y en cambio él no había contestado ninguna de ella. Estaba bastante segura de que habían tomado todos sus ordenadores y ahora estaban descargando sus dos programas de seguridad, así como el programa fallido de su padre. Ella había solicitado que llamaran a sus abogados y a sus contactos de Seguridad Nacional y no le dieron nada a cambio, excepto más preguntas.
La mayoría de éstas centradas en el fallido programa de su padre, que en última instancia, era por el cual lo habían despedido de su trabajo en el gobierno, y del proyecto de InLine Energía. De vez en cuando, el hombre le preguntaba acerca de su nuevo programa, a lo que ella respondía: “Es un trabajo en progreso. Esta sin terminar y la primera persona en verlo cuando este terminado será el Ejército de los EE.UU. y Seguridad Nacional”
Ahora tenía que hacer pis. Y su boca estaba seca. El agua en frente de ella se veía tan tentadora, pero cruzó las piernas y se quedó mirando a su interrogador de nuevo.
Había pedido ir al baño tres veces. Cada vez, le habían dicho, en unos minutos.
Una vejiga llena no sería suficiente para inducirla a decir sus secretos, si tuviera alguno, que ella no tenía.
Por último, el hombre sobre cuyo regazo se había dormido asomó la cabeza en la habitación y dijo: “Ven conmigo”.
Sin una segunda mirada al hombre que había estado interrogándola, ella lo siguió y suspiró cuando le señaló una puerta que indicaba el baño.
Después de que ella hubo utilizado las instalaciones, se lavó las manos y se miró en el espejo.
Las ojeras. Piel pálida. Ugh. Y, Dios, ella necesitaba una ducha.
Se volvió y salió. Directamente hacia el hombre grande. “Lo siento”.
Él no dijo nada, mantuvo una mano sobre ella para asegurarse de que había recuperado el equilibrio. Y continuó manteniendo su brazo incluso después de que ella diera un paso lejos de él.
El recuerdo de ser esposada por él estaba demasiado fresco en su mente. Y a pesar del miedo que se desenroscaba en su vientre, había algo más allí, haciendo que se formara un nudo en su garganta y el calor se extendiera por su rostro.
Quizás era la forma en que él la observaba, no esa fría mirada de los otros que la habían interrogado. No, aquí había calor en sus ojos, y la  hizo sentir incómoda pensar siquiera en su secuestrador de esa manera.
“¿Estás bien?”, le preguntó él.
“¿Realmente le importa?” Él alzó las cejas, pero no respondió y ella se dio cuenta que necesitaba ponerlo de su parte, no hacerlo enfadar. “¿Tengo que volver allí?” Dios, por favor, di que no, por favor, di que no…
“Sí. Pero primero, me gustaría saber más detalles que los que nos has dado”
Él obviamente, había estado escuchando, observando, notando su incomodidad. “No sé lo que otros detalles están buscando. Le he dicho al otro hombre todo lo que él me pregunto. Si hay algo mal, ¿puedes simplemente decírmelo?”
No hubo respuesta.
Alguien tenía que creer que ella decía la verdad, o de lo contrario.
O sea. Ella estaba en problemas, pero bueno.
Por último, él habló. “Así que dime de nuevo, Vivienne”. Él todavía la sostenía, su cuerpo bloqueando su visión hacia el pasillo. Y sí, cualquier cosa para evitar regresar a la otra habitación.
“Es Vivi, por favor”, dijo ella con aire ausente. “¿Alguna vez llegare a saber tu nombre?”
Él hizo una pausa durante un segundo y, a continuación dijo, “Es Caleb”
Caleb. El nombre encajaba con él. Fuerte. Anticuado. Literalmente era oscuro y mortal. Y él la tenía en su punto de mira. Al igual que el resto de su misteriosa organización.
Tenía que convencerlo de que estaba diciendo la verdad, y rápido. “Mira, he estado desarrollando un software de seguridad, desde antes de la universidad. Abandone mi primer año de estudio, porque mi padre…”
Tienes que ser capaz de hablar a pesar de la emoción. Tienes que hacerlo. “Mi padre necesitaba mi ayuda”, concluyó ella.
“¿Estaba enfermo?”
“Él nunca funcionó bien en el mundo real”, dijo ella con sinceridad. “Trabajamos juntos en programas de seguridad privada desde que yo tenía quince años”
Y aún así, nunca había suficiente dinero.
“¿Qué pasa con el programa para InLine?”
“He estado trabajando en eso”.

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WATER BOUND

 

CHRISTINE FEEHAN

Extracto capitulo 3

“Tengo que llegar a mi camioneta, luego regresar y llevar la captura hasta el muelle de procesamiento. Alguien me habrá visto entrar, así que tenemos que apresurarnos”.
La mujer se inclinó sobre él, tratando de deslizar un brazo a través de su espalda. Lev le dio una palmada a su brazo para apartarlo y la miró fijamente a los ojos, deseando que supiera que él hablaba en serio. “Si esto es una trampa, voy a acabar contigo”
“Lo sé, tipo duro”, respondió ella.
Había algo malo en su respuesta, con su voz, con esa mirada fija. Ella no le temía. Todos le temían. Lo miraban y veían al asesino. Ella se acerco de nuevo y él atrapo su brazo. La molestia se reflejo en su rostro. Sin ira o miedo, sino con la molestia que uno podría sentir hacia un muchacho rebelde. Ella se frotó el antebrazo.
“Escúchame, Lev”. Ella pronunció su nombre de manera errónea, pero a él le gusto el modo en que salió de su boca. “Estamos a punto de tener compañía. Estoy tratando de colocar tu miserable trasero en la camioneta y sacarte de la vista antes de que eso ocurra. Coopera conmigo, o te quedaras aquí y dejare que quienquiera que sea que te este persiguiendo te dispare”
Él observo aquellos oscuros ojos. Suaves, líquidos y de una deslumbrante belleza. ¿De dónde diablos había salido ella? Era como una ninfa del mar, emergiendo del océano para arrastrarlo a una tumba marina. Él sacudió su cabeza ante el completo sin sentido. No leía cuentos de hadas y seguro como el infierno que no creía en éstos. Ella seguro como el infierno que no hablaba como las princesas de los libros tampoco.
Él asintió con la cabeza, pero le señalo a ella su lado izquierdo, dejando su mano derecha libre. Él era ambidiestro, podía matar con la misma precisión de uno u otro lado, pero estaba débil y no quería correr riesgos. Ella envolvió sus brazos alrededor de él e inesperadamente, teniendo en cuenta lo delgada que ella era, la mujer era fuerte.
Sus piernas eran de pura goma, pero él las forzó a moverse. Un pie delante del otro. Él podía oír la respiración de ella por el esfuerzo de sostener su considerable peso. Ella apenas le llegaba al hombro. Lo hacía sentir como menos que un hombre, inclinado sobre ella de esa forma. Él odiaba eso, odiaba la idea de estar tan indefenso que no tenía ninguna opción. Él murmuró en voz baja.
“¿Estás insultándome en Ruso?” Ella lo observo mientras lo ayudaba a ubicarse cerca del muelle. “Pon tus manos sobre la borda y por Dios, no te vayas a caer. Voy a bajar y te ayudare desde el muelle”.
Él pensó que había maldecido en silencio, no en voz alta. Eso sólo sirvió para recordarle que no estaba muy lejos. Estaba bastante fuera de combate en realidad para confiar en sí mismo. Se sujeto a la borda, permitiéndose observar para explorar el puerto. Este se encontraba sorprendentemente vacío. De inmediato se dio cuenta que había estado aquí antes. Recordó lugares, como mapas detallados en su cabeza. Realmente podía “ver” las marcas sobre el mapa, y una vez que él había estado en algún lugar, el mapa quedaba impreso de forma indeleble en su mente. Por supuesto, él no podía confiar en su mente ahora. Ni siquiera estaba absolutamente seguro de quién era, cuál de esas numerosas identidades era él realmente, o qué se suponía que debía estar haciendo.
La mujer avanzo rápidamente a través del muelle y llegó hasta él. Había determinación en su rostro, y Dios lo ayudara… compasión. ¿Quién diablos era él? ¿Un perrito perdido? Mantuvo la cabeza hacia abajo, aunque él no veía a nadie cerca o prestando atención. Ella lo guío hacia una camioneta, de modelo antiguo, mantenida al igual que su barco, en perfecto estado. Él habría apostado que si levantaba el capó, el motor estaría brillante y pulido.
“Tengo que traer mi equipo de buceo y hacerme cargo de la limpieza de mi barco. Si te llevo a casa y vuelvo, estaré haciendo algo fuera de lo común y alguien se dará cuenta. Puedes acostarte en el asiento mientras yo me ocupo de mis asuntos. Permanece bajo la manta y fuera de la vista. Esto me va a tomar un poco de tiempo”
Él trató de no parecer alarmado. Ya estaba flotando dentro y fuera de la realidad. Quería ocultarse lejos, estar alejado en un espacio abierto a la intemperie, donde él tendría una mejor oportunidad para reorganizarse y sobrevivir.
“¿Por qué tanto tiempo?”
“Ellos van a sacar las redes de mi barco, pesarlas y colocarlas en contenedores para que el montacargas las lleve al camión. Esto toma tiempo, pero la mayoría de los barcos no salieron así que parece que no vamos a tener que esperar en absoluto. Tendré que asear el barco también. No puedo correr el riesgo de dejar espinas de los erizos de mar en la cubierta. Puedo limpiar mi equipo de buceo en casa”.
Eso tenía sentido, pero lo único que él quería hacer era cerrar los ojos y dormir. Necesitaba algún lugar seguro. Se obligo a asentir con la cabeza.
“¿Estás absolutamente seguro de que estarás bien? Puedo llevarte a un hospital…”.
“No”, él lo dijo con firmeza. Tendría que estar muerto para estar en un hospital”
“¿Estas seguro de que alguien te esta persiguiendo?”
Habrían tratado de matarlo, ¿no es así? De lo contrario, ella no habría tenido que arrastrarlo medio muerto fuera del mar. Él se encogió de hombros y se concentró en entrar en la camioneta sin golpearse la cabeza o caer en un montón a los pies de ella.

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