ATRAPADA POR SU TOQUE
MEREDITH DURAN
Extracto capitulo 13
El expreso a Londres llevaba sólo unos pocos pasajeros a esta hora de la mañana. Un estudiante universitario con un mechón de cabello sobre la frente, observaba soñadoramente una carta cuyos márgenes estaban cubiertos con corazones. Una madre con una ruidosa niña, quien le dirigió a James una sonrisa mientras él pasaba. Un canoso profesor con el ceño fruncido ante la última traducción de Heródoto. Y, por último, la mujer en el banco de mohair verde frente a él. Ella no había pronunciado ni una palabra desde que se sentó. Abotonada hasta la garganta, con una mano apoyada sobre la pared para resistir el balanceo del coche, Lydia Boyce difícilmente parecía amistosa.
En otro momento, y con otro humor, él le habría hecho bromas por ello. Pero la buena voluntad lo estaba evitando. No había dormido más de una hora. Poco después del amanecer finalmente había abandonado la cama para dar un paseo. La había encontrado en el vestíbulo, dándole órdenes a un lacayo para que preparara el carruaje. Esa mujer, con quien había estado la noche anterior, cuyos muslos se habían estremecido bajo sus besos, pretendía marcharse sin despedirse. Eso lo enfureció.
“Escapando sin acompañante”, había dicho él con sarcasmo. “No sólo es algo cobarde, sino también temerario diría yo”.
Ella lo había observado durante un largo momento, frunciendo ligeramente las cejas, como si estuviera tratando de enfocarlo bien. Él se había preocupado.
“¿Extravió sus anteojos?”. La pregunta había sonado como una burla, pero sólo para ocultar una preocupación tan seria que parecía ridícula. Ella difícilmente podría tomar el tren sola si no podía ver bien. “No hagas esto”, había dicho James. “Quédate y háblame”.
Para su sorpresa, un rubor se había extendido a través de las mejillas de él. Ante eso, cerró la boca con más fuerza que una ostra. Estúpida charla de colegiales.
“Lo siento”, había dicho ella, pensativa. “Debo volver a la ciudad. Un asunto urgente, me temo. Hablaremos en otro momento, cuando tenga las ideas más claras”.
¿Así que ella escapaba y posponía la charla hasta que le conviniera?
“Hablaremos ahora. Estoy de acuerdo en que no estás pensando con claridad. No estás en condiciones para viajar sin acompañante”.
De la nada, ella había sonreído.
“¿Piensas en mí como una flor de invernadero? ¿Después de todo esto? Manejo los asuntos de mi padre, Sanburne. Me atrevo a decir que puedo tomar un tren sola también”. Y luego, con una fría inclinación de cabeza, se había girado y había salido de la casa.
Durante todo un minuto James había permanecido allí, observándola con la boca abierta. Ella se lo había advertido una vez: Poseo el talento para hacer una salida memorable. Pero él no la había escuchado. La opinión que tenía de ella era muy similar a un castillo de arena: se mantenía con la constante necesidad de una reparación. ¡Oh, vanidad! Independiente de los motivos que hubiera tenido para estar con él, ciertamente había supuesto que él era uno de éstos. Pero ante el sonido de la puerta al cerrarse, él comprendió una verdad que no se había molestado en considerar durante la noche. Aparte de unas horas de diversión y un escolta ocasional a través de los peores lugares de la ciudad, ella no quería nada de él.
La incredulidad lo impulso tras ella. Él era atractivo, rico y agradable. Heredero de un título y de una gran fortuna. Como resultado, las mujeres iban tras él con ambiciones concretas. Por consiguiente, la última vez que se había acostado con alguien que no deseaba nada más que su compañía había sido a los dieciséis años, con una mujer que tenía treinta, la aburrida viuda de un amigo de la familia. Un encantador interludio, sí, pero él repentinamente no estaba tan seguro de que sus ventajas aún le resultaran interesantes.
Él la había seguido hasta la estación de trenes y había comprado un boleto de regreso a la ciudad.
La observaba ahora, sentada muy rígida frente a él. La lluvia era un débil y distante siseo bajo el fuerte golpeteo de las ruedas al pasar sobre los rieles de las vías. Le hacía sentirse reflexivo. ¿De qué tenía miedo? A ella le gustaba él más de lo que estaba dispuesta a admitir. Le gustaba lo suficiente como para tener relaciones con él. James sospechaba que le gustaba lo suficiente para soñar con él. Pero ella era mucho más honesta con él que consigo misma.
Al menos, parecía estar tan irritada como él lo estaba. Por debajo de la parte más alta del borde de su sombrero, ella dirigía su ceño fruncido hacia los húmedos campos que pasaban a través de la ventana. Incluso el pequeño pájaro que adornaba su sombrero parecía atrapado en algún complejo dilema; éste se sacudía como si estuviera a punto de revelar algo.
Quizá supiera lo que la afligía. Los comentarios de él la noche anterior la habían sorprendido; éstos habían alterado sus peores expectativas de él. Si él no fuera un infame seductor, sino un hombre con un genuino interés en ella, entonces su pequeña tentativa de jugar a la mujer licenciosa había fracasado. En resumen, ella había tenido relaciones con él por nada.
¡Dios!, era ridículo sentir esa sensación de… ¿dolor? Como un perrito al que han dado una patada, buscando un lugar tranquilo donde pensar y lamerse las heridas. Los placeres del sexo no garantizaban un sentimiento más profundo. Él debía saberlo mejor que ella. ¿Con cuántas mujeres se había acostado? Y ella había sido una virgen.
Sin embargo, parecía como si todo se hubiera confundido en su cabeza. Él podía decir el momento exacto en que había sucedido: había estado tratando de hablar de Stella, de esa maldita prisión en la que él vivía, del momento que él temía que vendría muy pronto, en el que se despertaría y descubriría que se había convertido en otra pieza más en el estúpido engranaje de la rutina social, tan desesperado como el resto. Y ella lo había besado, tan dulcemente. Como si ya conociera las palabras y quisiera evitarle el dolor de pronunciarlas. Aquel beso había tenido comprensión y compasión. O eso había pensado él.
De hecho, ella había estado tratando de silenciarlo. No había querido confesiones. La intimidad no era su objetivo. Una pequeña risa se le escapo.
Soy un maldito idiota.
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