ATRAPADA POR SU TOQUE
MEREDITH DURAN
Extracto capitulo 12
No le permitió que la atrajera hacia adelante. La tormenta había accionado un impulso eléctrico que la movía a dar el paso de buena gana. Su chaqueta estaba fría y empapada. No le gustaba eso. Tenía que marcharse. Presiono sus manos por debajo de las solapas para esquivarlo. Golpeó el suelo con un ruido húmedo, fuerte, que le agrado. Su propia agresividad la complació. Estaba mareada, se sentía embriagada. Ella ciño sus bíceps tan fuerte que podía percibir lo impresionante que era, pero él no se quejo. ¿Le gustaba eso? Oh, a ella no le importaba. Esta inquietante, emocionante sensación que golpeaba a través de ella podría haber sido deseo, pero fácilmente podría ser ira. Lo único claro era que la había tenido mal, preocupándose por lo que revelaba de sí misma, de lo que él o cualquier otra persona podrían pensar de ella. No eran sus opiniones las que contaban. “No hago esto por ti”, dijo ella. “Lo hago por mí”.
Una breve vacilación. Y luego, en voz muy baja, él dijo, “Muy bien”.
Su boca se torció. Por supuesto que a él no le importaría. ¿Qué le importa si los motivos de ella eran egoístas? El hombre no podía ser herido, era inmune a la opinión de los demás. La opinión de ella no merecía más importancia que la de cualquier extraño que pasara. Por lo que él sabía, ella podría haberse acostado con cualquier hombre que la hubiera encontrado de manera casual esa noche. Ella estaba de buen ánimo, él estaba allí, era conveniente. Él no lo puso en duda. Y no debería importarle que él no demostrara preocupación.
Sus labios tocaron los de ella. Su calor la libero. Había estado fría sin darse cuenta. Se inclinó hacia él. Su lengua provocaba sus labios muy suavemente para su gusto. No era una niña asustada que necesitara atención. Comenzó a alejarse para hacer un comentario desagradable, pero el puño de él sujeto su cabello para mantenerla quieta. Ella jadeó mientras las alfileres que mantenían su cabello en su lugar caían libremente, tintineando sobre el piso. Su puño se tenso, sosteniéndola contra él mientras su beso se volvía apasionado. Sí, pensó ella, eso, él tomaba su boca como si lo hubiera hecho mil veces, como si no hubiera ya sitio para ningún miedo o incertidumbre, sólo el deseo de descubrir nuevos caminos, para generar algo que los sorprendería a los dos. Él siempre resultaba ser más inteligente de lo que ella se había imaginado.
Vagamente se dio cuenta que su mano libre estaba presionando su cintura, girándola como si fueran a bailar. Ella le había dicho la verdad: no le gustaba bailar. Los hombres suponían que una solterona buscaba emoción. Ellos la hacían girar exageradamente a través del piso. Una vez ella se había caído, y, posteriormente, había declinado todas las invitaciones. La humillación hacía eco a través de ella ahora como una premonición. Se pondría en vergüenza, aquí. Cometería alguna equivocación.
Pero él no la besó como si pensara que era una solterona. Nunca lo había hecho. ¡Y dos veces con esta! ¡Incluso si se caía, no le importaba! Ella lo alentaría. Se retiro de sus brazos, sus pies se alejaron sin hacer ruido, ligeramente y con rapidez. La lluvia, golpeteaba débilmente contra el techo, pero el aire dentro de este pequeño cobertizo se sentía saturado y pesado, cargado de expectativas. Había estado sorprendida, sentada a su lado en el museo, al darse cuenta de que le había estado coqueteando, pero sólo ahora, cuando ella había dejado atrás el coqueteo, se dio cuenta de su verdadera naturaleza. Era radiante, despreocupado y sin rumbo. Su retirada era demasiada deliberada para el coqueteo, el constante avance de él era demasiado absorto y en silencio. Ambos compartían un objetivo ahora, y lo perseguían con intenciones primarias. La expresión de él, en la penumbra, parecía seria, casi lúgubre. Ella no tenía ganas de sonreír mientras la pared tocaba sus omoplatos.
Las palmas de sus manos se ubicaron contra la pared, a ambos lados de la cabeza de ella. Por encima del hombro de él, la fila de ventanas inundaba de blanco la habitación, y el cielo más allá de ellos palidecía, revelando, durante un segundo, un banco de nubes en movimiento. Y luego la boca se dirigió a la suya. Ella buscó a tientas con una mano para encontrar la punta de su codo, dejando que llenara su palma como la lengua de él llenaba su boca. Su otra mano se curvo sobre la base de su cabeza. Fue inesperadamente suave, y una extraña ternura surgió en ella, bastante en desacuerdo con la fiereza de este beso.
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