EN LA CAMA DEL GUERRERO
MARY WINE
Cullen McJames no estaba dispuesta a consentir que mancillen su honor, mucho menos por el laird de su clan enemigo, Erik McQuade. Así pues, cuando McQuade le cuenta al Tribunal de Escocia que Cullen le ha robado la virtud a su hija, Cullen en cambio secuestra a su hija. Desde que su hermano se casó con una bonita muchacha, Cullen ha pesando que él también necesita una esposa y que un matrimonio podría poner fin a la eterna lucha entre los clanes. Pero Bronwyn no accederá sin luchar. Ni consentirá que la castiguen por algo que no ha hecho. Tampoco está impaciente por vivir entre los resentidos veteranos McQuade. Y por apuesto y valiente que pueda ser Cullen, sabe que a ese hombre le queda mucho por aprender sobre el espíritu combativo de una mujer. Pero Bronwyn descubrirá que también él tiene mucho que enseñarle…
Extracto capitulo 1
Castillo Red Stone, tierra McQuade, 1603
“Padre escribe que el rey le ha dado permiso en la corte”
Bronwyn McQuade se estremeció. A pesar de llevar años reforzando sus sentimientos contra el desprecio de su padre, ella todavía temía su regreso. Su padre era un hombre duro, y eso que estaba pensando amablemente acerca de él. Erik McQuade era laird y disfrutaba asegurándose de que cada hombre, mujer y niño nacido en su tierra sabía que mejorar el clan era el deber más importante del que ellos debían preocuparse.
Como su hija, sentía sus expectativas más que la mayoría.
“Espero que tenga un buen viaje de regreso”
Su hermano soltó un bufido. Keir McQuade no ocultaba sus sentimientos personales por completo, tampoco. El papel en sus manos se arrugo cuando sus dedos se cerraron sobre él. Nacido en tercer lugar, Keir era relegado a menudo por su padre a las tareas más mundanas en el funcionamiento de la finca, mientras que sus hermanos mayores estaban al lado de su padre. A Keir no parecía importarle, sin embargo. Él tenía una mente aguda y luchar junto a su padre no era lo único que atraía su atención. Sus hermanos mayores, Liam y Sodac, vivían merodeando durante la noche, un hecho que los hacia apreciados por su padre. Keir sacudió su cabeza antes de doblar la carta y guardarla en su escritorio.
“Por lo menos Jamie no lo enviara a casa con nieve en los caminos”. Una sombra oscureció el rostro de su hermano. “No que yo culpe a nuestro monarca por eso”.
Bronwyn no respondió. Ella se mordió la lengua con la ayuda de años de práctica. Su padre no tenía paciencia para ningún temperamento de su única hija. En realidad, el hombre tenía poco estómago para verla en absoluto. Una niña no era de ninguna utilidad para el Laird McQuade. Todo lo contrario, y ella había crecido escuchando a su padre lamentar el hecho de que algún día él se vería obligado a dar una dote por ella.
Había pocas posibilidades de que eso sucediera, sin embargo.
Bronwyn suspiró. Ella no quería a nadie y todavía el disgusto de su padre le molestaba. No había hombre que llevara los colores de su padre que se atreviera a coquetear con ella. Liam y Sodac lo ayudaban al asegurarse de decirles a todos que ella era una maldita arpía con un temperamento del demonio.
“Och ahora, hermana, no me mires así”
Bronwyn agitó sus pestañas. “¿Mirarte cómo?”
Keir chasqueó la lengua. Levantando un solo dedo, él la señaló. “Os conozco demasiado bien”
“Pero padre no lo hace, así que no hay razón para advertirme. Él no verá nada excepto lo que quiere ver”.
Su hermano soltó un gruñido. El sonido de su reprimenda le recordaba que ella no era el único hijo que era poco valorado por su padre. Keir era un hombre enorme, sus manos dos veces el tamaño de las suyas. Su falta de interés por la guerra le valía el filo de la lengua de su padre. Él no era un cobarde, simplemente un hombre que entendía el valor de encontrar otras soluciones que no incluían el uso de una espada.
“Sí, tenéis el derecho de eso y aún veo el dolor en tus ojos”.
Una dulce sonrisa curvo sus labios. “Mi vida es tan dura como la de muchos. Guarda tu pena para aquellos que realmente sufren”
Ella no quería eso. Tampoco lo necesitaba. Sosteniendo el mentón firme, Bronwyn empujó hacia el piso el pedal del telar en el que estaba trabajando para cambiar los hilos para el siguiente paso de la lanzadera. Enrolladas en el extremo del telar estaban varios metros de tela escocesa McQuade. El telar en sí mismo era una preciada posesión. Moderno y eficiente, la tela tejida podría ser tan buena como cualquier otra que se encontrara en Edimburgo.
Por una mano hábil, por supuesto.
Arrastrando sus dedos sobre la tela más próxima al borde, ella sonrío ante lo suave que era. Brez, de color tostado, y rayas verdes se repetían una y otra vez perfectamente a lo largo de la tela, entrecruzándose, cuadrados formados a la perfección.
“Trabajáis bien, Bronwyn”.
La voz de Keir era suave pero ella percibió la aprobación que escuchó en el tono. Dirigiéndole una sonrisa a su hermano, ella presionó hacia abajo el pedal del pie opuesto.
“Y vosotros sois un maestro en la gestión de los fondos”
Una de las cejas de Keir se elevó. “Yo he venido a advertirte para que des un paseo antes que ya no puedas más”.
Su hermano se inclinó antes de volverse en un remolino del plisado kilt McQuade, la caída de la parte de atrás más larga que la delantera. Un robusto, grueso cinturón iba abrochado alrededor de su cintura para sostener la lana contra su cuerpo magro. Sus hombros eran amplios y densamente musculosos, porque mientras Keir podría no sentir entusiasmo por la guerra, eso no significaba que era menos experto en el arte de esgrimir una espada como cualquier trabajador de los McQuade.
Pero el verdadero valor de su hermano estaba en su pensamiento. Keir tenía una mente aguda a la hora de invertir. Su padre se había casado tres veces en su esfuerzo por acumular más riquezas, pero era el cuidadoso manejo de Keir del oro de la familia lo que había logrado que la fortuna de los McQuade fuera mayor ahora. Su hermano había visto el valor en la compra del telar en el que ella trabajaba. Tenían abundancia de lana, de las ovejas que pastaban en sus tierras. Cuatro más de los grandes telares se encontraban en la larga habitación construida junto al gran salón. Otras mujeres McQuade se encontraban trabajando en estos ahora, cada una de ellas se había ganado el derecho de utilizar las modernas máquinas luego de pasar años trabajando en los telares más pequeños que fabricaban tela más áspera.
Siendo la hija del Laird no significaba que ella desperdiciaba las horas de luz. Ahora que el invierno se acercaba poco a poco, Bronwyn trabajaba en el telar casi todos los días. Cuando ella no pasaba la lanzadera hacia delante y hacia atrás entre los hilos, otra mujer lo haría. No se permitía que ningún telar estuviera inactivo durante el día. En un solo año, los telares habían pagado lo que habían costado y Keir tenía la intención de ver beneficios la próxima primavera.








