CHANTAJE A UN AMOR
LYNNE GRAHAM
Lo último que deseaba Faye era tener que pedir clemencia al príncipe Tariq Shazad ibn Zachir. Llevaba un año sin verlo… desde el día que se casaron. Pero el hermano de Faye se encontraba encarcelado en el país de Tariq y solo él podía devolverle la libertad.
Faye sabía que sería duro negociar con Tariq, pero la condición que puso éste para liberar a su hermano era más de lo que ella había podido imaginar: lo haría si Faye se convertía en su amante
Extracto capitulo 1
En su villa del sur de Francia, el príncipe Tariq Shazad ibn Zachir, jeque supremo y gobernante de uno de los países más ricos del golfo pérsico, el emirato de Jumar, dejó el móvil y se volvió hacia su ayudante de confianza, Latif.
“¿Ocurre algo? -preguntó, al observar el rostro preocupado del hombre”.
“Siento molestarte…”, empezó a decir Latif, dejando un archivo sobre la mesa, “pero he pensado que debía llamar tu atención sobre este asunto”.
Sorprendido por la aparente incomodidad de su ayudante, Tariq tomó el archivo. El primero de los documentos contenía un detallado informe del jefe de policía de Jumar sobre cierto extranjero que había sido encarcelado por desfalco. Tariq se quedó inmóvil, los ojos dorados ensombrecidos de incredulidad. Era Adrian Lawson, el hermano mayor de Faye.
Otro Lawson culpable de deshonestidad y engaño. Mientras leía la explicación de los acontecimientos, que habían terminado con el arresto de Adrian, su rostro bronceado se endureció en una mueca de disgusto. ¿Cómo se había atrevido el hermano de Faye a crear una inmobiliaria fraudulenta para engañar a los ciudadanos que él, Tariq ibn Zachir, había jurado proteger?
Amargos recuerdos lo turbaron entonces, recuerdos que había tardado doce meses en olvidar. ¿Qué hombre quiere recordar sus propios errores? Faye, con su falsa inocencia, le había tendido una trampa como una vulgar buscavidas. ¿El cebo? Su hermosura. ¿La amenaza cuando la trampa se había cerrado? El escándalo. El jeque de Jumar ejercía un poder casi feudal sobre sus súbditos, pero incluso en el siglo XXI, Tariq ibn Zachir aceptaba que era su obligación mantener un estilo de vida conservador. Y un año antes, no tuvo elección porque su padre, Hamza, sufría una enfermedad terminal…
Volviendo al presente, Tariq respiró con fuerza para calmar su ira. Al contrario que muchos otros miembros de familias reales de Oriente Medio, él no había estudiado en Occidente. Había sido educado como sus antepasados, con tutores privados y en escuelas militares, entrenándose para sobrevivir en el desierto con fuerzas especiales británicas. A los veintidós años, piloto experto en todas las formas de combate, había logrado convencer a su padre de que, aunque la habilidad de conducir a su pueblo a una supuesta guerra era importante, cien años de paz con sus vecinos sugerían que un título universitario en economía le sería de mejor uso.
Tariq había descubierto que tenía un talento natural para las finanzas y, con sus estudios, enriqueció aún más los cofres de Jumar, un país tan fabulosamente rico que sus ciudadanos tenían la mayor renta per cápita del mundo. Y después de conocer las democracias de los países occidentales, también empezó a entender a las liberadas mujeres europeas. Y se había quedado absolutamente fascinado cuando conoció a Faye Lawson…
“¿Cómo deseas que actúe en este caso?”, le preguntó Latif.
“No hagas nada. Deja que los tribunales se ocupen del asunto”.
“Me temo que Adrian Lawson no podrá pagar una fianza”.
“Ese es su problema”, suspiró Tariq. Después de un largo silencio, Latif se aclaró la garganta. “No te preocupes. Sé lo que estoy haciendo”.
Incómodo con aquella respuesta, el hombre hizo una reverencia y salió del despacho. Tariq entendía la incomodidad de su ayudante. Que Adrian Lawson estuviera en una cárcel de Jumar lo hacía enfrentarse con realidades en las que no había querido pensar durante un año. Su orgullo, su rabia al saber que había sido engañado nubló durante algún tiempo su sentido común. Pero era hora de olvidarse de Faye Lawson y seguir adelante.
Debería haberlo hecho antes. Aquella no era una situación que pudiera dejar sin resolver. Particularmente, cuando después del accidente de avión que había diezmado a su familia, tenía la responsabilidad de criar a tres niños huérfanos. Necesitaba una esposa, una mujer buena y maternal. Era su obligación casarse, se recordó a sí mismo. Pero no estaba muy ilusionado con la idea.
Dejando a un lado el archivo de Adrian Lawson, Tariq se echó hacia atrás en la silla, mirando hacia la pared con sus penetrantes ojos dorados. Los Lawson y el patán de su padrastro, Percy, eran un trío de estafadores sin escrúpulo alguno. ¿A cuántos hombres habría engañado Faye? ¿A cuántas personas habría arruinado Percy? Y Adrian, el único de los tres al que había creído honesto, también era un corrupto. Todos ellos debían ser castigados.
Tariq imaginó el halcón que era el emblema de su familia, sobrevolando el desierto en busca de su presa. Una sonrisa fría se formó en sus labios. No había razón para no golpear en busca de justicia. No había razón para no aprovecharse de las circunstancias y pasarlo bien al mismo tiempo…
Faye estaba sentada junto a su padrastro en el asiento trasero del taxi. Pequeña y delgada, se sentía mermada al Iado del hombre.
Hacía mucho calor y tras el largo vuelo desde Londres, estaba agotada. El taxi, que avanzaba sobre las limpias calles de Jumar, los llevaba a la cárcel donde Adrian, su hermano, estaba detenido. Si no hubiera estado tan preocupada por su hermano y no tuviera tantos problemas económicos, se habría negado incluso a compartir taxi con Percy Smythe.
Seguía sorprendiéndola sentir tal repugnancia por otro ser humano. La lealtad no era suficiente para perdonar al hombre que la había arrastrado con él, haciéndola perder la confianza del príncipe Tariq ibn Zachir. Y tampoco podía perdonarse a sí misma por estar tan fascinada que ni siquiera se cuestionó la inesperada petición de matrimonio por parte del jeque un año antes.
“Esto es una pérdida de tiempo”, empezó a decir Percy, pasándose un pañuelo por la sudorosa cara. “¡Tienes que ir a ver al príncipe Tariq y pedirle que libere a Adrian!”
Faye se puso lívida, su palidez acentuada por el rubio cabello.
“Yo no puedo…”.
“¿Y si Adrian contrae alguna infección en esa cárcel? Ya sabes que no es un hombre muy fuerte”.
Faye sintió que se le formaba un nudo en la garganta porque en la melodramática advertencia había mucho de verdad. De niño, Adrian tuvo leucemia y, aunque se había recuperado, solía caer enfermo a menudo. Su delicada salud había destrozado su carrera en el ejército, obligándolo a meterse en el mundo de los negocios, un mundo que desconocía. Por eso había terminado en la cárcel.
“En la embajada nos han asegurado que lo están tratando bien”.
“Sí, pero por ahora no hay fecha de excarcelación. Si fuera un hombre supersticioso, creería que tu guerrero del desierto nos ha hecho un maleficio”, se quejó amargamente Percy. “Hace un año estaba forrado de dinero y ahora mírame, estoy prácticamente arruinado”.
Lo que se merecía, pensó Faye. Su padrastro pasaría por encima de cualquiera y haría cualquier cosa para ganar dinero. Pero había una sorprendente excepción a esa norma: Adrian, que era para él casi como un hijo propio. Era irónico que Percy hubiera sacrificado su propia seguridad económica intentando mantener a flote el negocio de su hermano.
La prisión estaba a las afueras de la ciudad, una fortaleza rodeada de altos muros de piedra y torres de vigilancia. Nerviosos, tuvieron que esperar algún tiempo en una sala con asientos de plástico frente a una pared de cristal. Faye se dio cuenta entonces de que los presos no podían mantener contacto físico con las personas que los visitaban.








