EL ULTIMO SOLTERO
SERIE HERMANOS SOLTEROS 2°
CAROLE MORTIMER

Jonathan era un hombre increíblemente atractivo que no estaba acostumbrado a que ninguna mujer se le resistiera… Por eso, Gaye Royal se convirtió en un reto. Ella le había dejado claro desde el principio que no lo quería en su vida… y eso era algo que él estaba decidido a cambiar. Pero, ¿por qué Gaye le resultaba tan misteriosa, tan esquiva, tan enigmática… y qué tenía que hacer Jonathan para conquistarla? ¿Proponerle matrimonio? Porque convertirse en un hombre casado era lo último que se le había pasado por la cabeza…
Extracto capiulo 1
Gaye miró al hombre que se acercaba por el pasillo hacia el mostrador de recepción de enfermeras. No parecía tener prisa, de hecho, caminaba como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cosa que no era habitual en aquel hospital privado de maternidad; los hombres que solían acudir allí estaban a punto de ser padres o lo eran desde hacía poco. En cualquier caso, solían mostrar una actitud mucho más anhelante por estar con sus esposas que la que reflejaba el paso de aquel hombre.
Un padre reacio, decidió Gaye. El pausado caminar del hombre le permitió observarlo mientras esperaba que respondieran a la llamada de teléfono que estaba haciendo. Y lo cierto era que la observación merecía la pena… incluso para la negativa mirada de Gaye.
Debía medir más de un metro ochenta, su espeso pelo de color rubio dorado tendía a rizarse levemente y tenía un rostro tan perfectamente esculpido que podría haber resultado demasiado perfecto, de no ser porque, en algún momento del pasado, su nariz había resultado rota, quedando ligeramente torcida y añadiendo un toque de arrogancia a su aristocrático rostro. El traje negro que llevaba, hecho a medida, le sentaba a la perfección y la camisa blanca acentuaba el moreno de su piel.
Su moreno se hizo más evidente cuando llegó al mostrador y sonrió, mostrando una hilera de dientes perfectamente blancos.
“Hola”, saludó, cálidamente, curvando su boca en una sensual sonrisa.
Sus ojos parecieron hipnotizar a Gaye mientras seguía sosteniendo el teléfono sin obtener respuesta. A veces resultaba difícil ponerse en contacto con los futuros padres, a pesar de la evidente condición de sus esposas…
Pero Gaye nunca había visto unos ojos del color de los de aquel hombre. Eran de un tono dorado oscuro intenso y brillante. Ojos de león. ¡Sorprendentes!
Debía tener unos treinta y cinco años, y parecía acostumbrado al efecto que su aspecto debía tener en casi todas las mujeres. Por eso mismo, Gaye trató de mostrarse todo lo distante que pudo cuando contestó.
“¿Puedo ayudarle en algo?”
La devastadora sonrisa permaneció en su sitio.
“Estoy seguro de que puede, enfermera… Royal”, contestó él, fijándose en la tarjeta que pendía del uniforme de Gaye, justo encima de su pecho izquierdo. “Me llamo Hunter y…”.
“¡Hunter!”, repitió Gaye, colgando el teléfono a la vez que se levantaba súbitamente. “Llevo una hora tratando de ponerme en contacto con usted”.
“¿En serio?”, dijo él, frunciendo el ceño. “Según tenía entendido, Abbie ha ingresado sólo hace dos horas…”.
“Con todos los síntomas de un parto prematuro”, interrumpió Gaye, tomando la bata que el futuro padre iba a necesitar de inmediato. “La señora Hunter va camino de la sala de operaciones en estos momentos. Si nos damos prisa, aún podemos llegar antes de que dé a luz”.
Cómo había dicho su marido, tan sólo hacía dos horas que Abbie Hunter había sido ingresada, y aún faltaban tres semanas para que saliera de cuentas. Pero habían surgido algunas complicaciones y el especialista había decidido que era necesario practicarle una cesárea, ese era el motivo por el que Gaye llevaba una hora tratando de ponerse en contacto con su marido. Gracias a Dios, éste había aparecido. Ahora, su esposa se sentiría más relajada.
Lógicamente, aquel hombre no estaba aún al tanto de la condición de su esposa, pero, por su forma de caminar, tampoco parecía tener mucha prisa por ir a verla.
Gaye lo miró con frialdad.
“Tengo entendido que la señora Hunter quiere que esté presente durante el parto”.
El señor Hunter tragó con esfuerzo y, a pesar del moreno de su piel, se puso ligeramente pálido.
“¿En serio?”.
Gaye pensó que estaba perdiendo tiempo a propósito. Pero a ella sólo le preocupaba el bienestar de su paciente, no el del marido… y Abbie Hunter quería que estuviera con ella durante el parto.
“Venga conmigo”, dijo, enérgicamente. “Voy a llevarle a la sala de partos”, caminó por delante de él por el pasillo, alta, elegante, con su uniforme azul haciendo muy poco por ocultar las perfectas curvas que había debajo.
Algo de lo que el señor Hunter fue muy consciente, comprobó Gaye con irritación cuando volvió la cabeza para ver si la seguía. Su opinión sobre los hombres no era especialmente buena, y, desde luego, no mejoró al comprobar la actitud de aquel en particular. Su esposa estaba a punto de dar a luz y él no sólo se mostraba reacio a ir a la sala de operaciones, sino que también era capaz de comerse con los ojos a otra mujer. ¡Que típicamente masculino!
La actitud de Gaye fue aún más helada y distante cuando le entregó la bata para que se la pusiera. En todos sus años de trabajo nunca se había mostrado tan abiertamente ligón con ella el marido de una paciente.
Para empeorar las cosas, el rostro del señor Hunter se puso tan verde como la bata que llevaba en cuanto entraron en la sala de partos y vio a su esposa. ¡Maravilloso!, pensó Gaye, exasperada. Encima, se iba a desmayar…
Solía suceder, desde luego. Muchos hombres se mareaban al asistir a un parto. Pero, dada la seguridad en sí mismo que parecía desprenderse de aquél en particular, Gaye no esperaba que fuera especialmente aprensivo. Pero nunca se podía saber.


